Se despidió de mi el último cliente del campo. Subo al tren en la estación todos los días pero, un cartel anunciaba que las obras de un acueducto interrumpieron la circulación del tren ese día. Putié un poco para adentro y mire donde ir a tomar un bus, un bondi. Un taxi ni loco, aunque no sé.. Y al costado de la estación habia una placita, me dirijo hacia allí. Y encuentro una calesita, cerrada, abandonada. Muerta la encontré, como quien encuentra un cuerpo que todavía no sabe que está muerto. Los caballitos con la pintura comida por el tiempo, las varillas oxidadas apuntando a un cielo que ya no las mira jugar. Ni un pibe. Ni una moneda. Ni el organito beatlero que en 1980 taladraba la siesta de todo el barrio con su vals de latón.
Me quedé mirándola un rato largo, fumando, como se mira algo que fue templo y ahora es escombro con forma de alegría vieja.
Y pensé: cuántas vueltas dio esta calesita. Cuántos pibes como yo, se subieron ahí convencidos de que el mundo empezaba y terminaba en ese círculo de fierro pintado? Cada uno creyéndose el primero. Cada uno agarrado con las dos manos al caballito como si fuera el único caballito que hubo, hay y habrá. Mirando para estirar justo la mano y agarrar la sortija que el viejo gallego solo destinaba a los hijos de las madres más portentosas. Ninguno sabía que ya se habían subido mil veces antes, en otros cuerpos, con otro nombre, la misma vuelta.
Así nos hizo Dios el mundo, sospecho. Una calesita privada para cada uno, con la memoria borrada antes de arrancar la música. Vos te subís convencido de que sos el protagonista de algo nuevo bajo el sol, y en realidad sos la enésima vuelta de una manija que gira hace mucho, mucho antes de que existiera tu nombre.
El asunto es el orgullo, loco. Porque en algún momento del viaje —fumando, meditando, leyendo al pedo a las cuatro de la mañana— uno cree descubrir el truco. "Soy Dios jugando a las escondidas conmigo mismo", pensás, y por dos segundos sos un iluminado. Pero rascá un poco esa iluminación y vas a encontrar, debajo, la misma vanidad de siempre disfrazada de sabiduría nueva: "yo me di cuenta y los demás no". Ahí el juego te comió. Ahí volviste a ser el pibito agarrado al caballito, creyéndose el único, de nuevo. Pero no hay sortija...
Esta calesita ya no juega con nadie. Eso es lo que tiene de sagrada. No queda pibe que se sienta protagonista, ni caballito que le crea. Solo fierro, óxido, y un silencio que se parece sospechosamente a la verdad: que ninguna vuelta fue nunca tan importante como el que la estaba dando la sintió.
Y sin embargo —esto también hay que decirlo— la vuelta valió. Todas valieron. El olvido no es una estafa: es la condición del juego. Sin la ceguera no hay asombro, y sin asombro no hay calesita que gire.
Capaz Dios no abandonó esta plaza. Capaz simplemente se bajó, se sacudió el pucho de encima, y se fue a jugar la vuelta siguiente a otra parte, con otro nombre, sin acordarse de esta.
Como yo, ahora, en un rato, cuando me vaya de acá y me olvide un poco de todo esto.
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